lunedì 29 giugno 2015

La historia del dálmata que querría haber sido ciento uno.

Una reflexión sobre el valor del aprendizaje colaborativo en el aula ELE.

Cuando a Tuone Udaina, el 10 de junio de 1898 le estalló una mina de tierra bajo los pies, con él murió definitivamente su lengua, el dálmata, considerada hoy día por muchos el eslabón romance perdido entre el rumano y el italiano.


Tuone, más conocido como Burbur ("barbero"), era una persona poco instruida que se ganaba la vida cortando el pelo. A la edad de ocho años dejó de ir a la escuela y empezó a sobrevivir como podía. Sus padres eran dos campesinos que hablaban en dálmata vegliota y Tuone aprendió la lengua simplemente escuchándoles conversar. Pero, a diferencia de sus padres, el destino quiso que se quedara solo, convirtiéndose así en el único superviviente de un idioma extraño que nadie usaba.

Para cuando el lingüista italiano Matteo Bartoli descubrió este hecho insólito, Tuone llevaba veinte años sin hablar en dálmata, y sólo el interés del estudioso consiguió sacarlo parcialmente de su aislamiento. Pero para entonces, el barbero ya era una fuente de información limitada: la edad, la memoria, la falta misma del ejercicio idiomático habían hecho mella en él.

Reflexionando sobre la historia de Tuone, me pregunto cuántos estudiantes de idiomas no se habrán sentido alguna vez como él, aislados, imposibilitados para comunicar con nadie, viviendo en una realidad dual: una, la de la lengua dominante, y otra, la de la lengua extraña, inútil y aplastada por las circunstancias. Creo que a Tuone le habría gustado ser no uno, sino, por lo menos, ciento uno. Estoy segura de que le habría gustado interactuar y comunicar con otras personas en la lengua que había aprendido en su infancia.

En la enseñanza reglada, por desgracia, es frecuente enseñar idiomas en un sentido unidireccional, cargando a los alumnos con un enajenante sentido individualista del estudio. Los argumentos de los docentes dibujan siempre la misma situación: no hay tiempo ni espacio ni medios para enseñar de otra manera. El alumno debe asumir la cruz de su progreso. No hay más opción.

Esas viejas razones, afortunadamente, poco a poco van perdiendo peso. Cada vez son más los docentes que se valen de las nuevas tecnologías para superar los límites tradicionales del aula. La posibilidad de acceder a la red de manera masiva en nuestros días, abre ante nosotros un abanico de posibilidades de comunicación y transmisión del conocimiento que nunca antes había sido posible imaginar.


El aprendizaje colaborativo se revela, pues, como la clave que sitúa al alumno en el verdadero centro del aprendizaje auténtico. Los hermanos Johnson, responsables de la célebre teoría de la interdependencia social enunciada en los años sesenta, identifican los cinco componentes esenciales de este tipo de enfoque didáctico:
  1. La interdependencia positiva
  2. La responsabilidad individual
  3. Las habilidades interpersonales
  4. La interacción fomentadora cara a cara
  5. El procesamiento de grupo
Los fundamentos del aprendizaje colaborativo (que podéis ver desplegados en el siguiente mapa mental) apuntan de manera esencial a la educación para la competencia y autonomía del alumno, y al desarrollo de habilidades básicas en el aprendizaje de lenguas extranjeras.

Claro está  que no basta con ser multitud para que una lengua empiece a funcionar. El papel del docente debería aquí orientarse a activar estrategias de actuación, organizar y facilitar contenidos. En sus manos está la clave de la motivación de los alumnos y la adecuada posición de la piedra angular de la construcción del aprendizaje significativo.

Os invito a que leáis esta magnífica entrevista a los hermanos Johnson, publicada en octubre de 2014 y recogida en el interesantísimo blog de Lola García-Afrojín, Gigantes de la educación. No tiene desperdicio.

Quién sabe cuántos "Tuones" se habrán quedado por el camino, víctimas de un enfoque miope y limitado de la didáctica de las lenguas extranjeras...

Quién sabe cuánto habría podido disfrutar el barbero dálmata, inmerso en sus rudimentarios afeites, si en lugar de estar condenado a ser uno, hubiera podido ser, cuanto menos, ciento uno... o más.